martes, 12 de marzo de 2013

Magdalena

Tenía unos hermosos ojos con mirada cálida, hoy gastados por mirar por dos pues también sirvieron para su madre ciega. Se llama Magdalena. También le dicen loca cuando alguien mira su cuerpo desnudo de cintura para abajo. Mujer invisible que ya nadie ve. No la captaron las miles de cámaras que lanzaban destellos a la gente vestida de fiesta.

Magdalena ya no siente pudor, o siente un profundo desprecio por todo, al mostrar su cuerpo viejo (antes esbelto y delicado) ante quienes la ignoramos. Simplemente camina por la ciudad como por la casa que no tiene, regalando monedas a quien le hace sentir pena, porque le conmueve cualquier gesto o señal de invalidez física, desconociendo que esa persona no mendiga.

Ella, Magdalena, se da gran placer al mear de pie en cualquier plaza, sabe que es invisible, que puede hacer lo que quiere. Se ríe de nosotros, ella sabe mucho de sueños rotos y prefiere ser “loca” eligiendo las estrellas por techo, el frío por manta y la lluvia por colchón, escapando de cárceles calientes que le ofrecen los servicios competentes. Ella ama la calidez del rocío de la mañana al despertarse, que lava su cara.

A Magdalena, le gusta compartir su cartón de vino con los borrachos a los que les tiemblan las manos, pasear con los yonkis, reírse de nosotros porque sabe que nadie la mira, ella no es importante, no gasta “Chanel”, no consume más que el aire que respira,
no tiene caricias, sólo miradas indiferentes y ciegas que le regalan el placer de la libertad.

La recuerdo desde siempre, paseando las calles del brazo de su madre vendiendo cupones de lotería. Era una mujer “normal”, pero la vida la dejó indefensa, tanto, tanto…que ya no le importa nada, sólo su gente, la que como ella no tiene nada, que al mismo tiempo disfrutan ante la carencia de una maleta llena y pesada que no vale para nada, sólo para doblar la espalda que impide volar por lo más alto, aunque esto implique la más grande miseria, de la que por mucho que lo intentemos nunca ningún ser humano nos vamos a escapar.
No siento pena por ella; vive como quiere, hace lo que más le gusta, no tiene jaula. Ella vuela por mi ciudad, sin que nadie la vea.

Sólo son cosas mías…

3 comentarios:

Amparo dijo...

Hola.
Un gran relato, auténtico. A veces cuando se pierde todo solo queda el poder hacer con tu vida lo que te haga más feliz.
Gracias por esta entrada.
Un beso muy fuerte.

Aldabra dijo...

¡que historia tan triste!... a mí me producen mucho respeto los marginados porque todos podemos llegar a vernos así.

biquiños,

Sor.Cecilia Codina Masachs dijo...

La libertad es lo más preciado que el hombre posee, y en tu relato lo has plasmado maravillosamente.
Conozco esa clase de vida, me he movido entre ellos y los comprendo.
Gracias Muxica.
Con ternura te dejo un beso.
Sor.Cecilia